
Cuando el cuerpo habla
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diciembre 17, 2025Hilos invisibles: cómo los vínculos nos transforman
Vincularse es uno de los actos más humanos. Nos acercamos a alguien y, sin saber cómo, empezamos a ocuparnos, a sentir, a recordar. Cada vínculo deja una marca: en el cuerpo, en la memoria, en la forma en que pensamos. A veces nos sostiene, otras veces nos remueve, y siempre nos enseña algo sobre nosotros mismos.
Vincularse, ese hilo invisible que nos reconoce
Hay hilos que no podemos ver, pero nos tocan.
A veces se tensan, nos hacen vibrar y también se aflojan cuando alguien empieza a ocupar un rincón de nuestra vida.
Vincularte es eso: permitir la presencia del otro dentro de ti, aunque no haya nombre para lo que está sucediendo.
A veces un vínculo nace en silencio y otras veces con ruido, un ruido antiguo que despierta memorias que pensabas que estaban dormidas.
Pero siempre llega removiendo algo interno que no se elige del todo:
un “aquí hay algo”, aunque no sepamos qué.
Lo que sucede cuando nos vinculamos
Vincularse no es abrazar.
Es permitir que te abracen por dentro.
Es ese gesto que solo el cuerpo percibe cuando se relaja al ver a alguien.
Esos nervios que aparecen antes de un mensaje.
Es esa forma en que la mente empieza a organizarse contando con otra presencia.
Vincularse es mirar por una rendija, una luz, un lugar donde el otro entra y tú te descubres diferente.
El eco de nuestras primeras manos
Cada vínculo trae consigo todos los otros que vinieron antes.
Las manos que nos sostuvieron.
Las que no llegaron.
Los silencios.
Las distancias que normalizamos.
Las caricias que imaginamos para sobrevivir.
Cuando nos vinculamos, no solo se encuentran dos personas:
se encuentran también sus miedos, sus esperas, sus maneras de pedir y de no pedir, sus diferentes formas de estar en el mundo.
Por eso un vínculo a veces duele más de lo que “debería”.
Porque está tocando una historia en la que resuena un eco.
Vínculos que acunan
Hay vínculos que son casa.
Son suaves, estables, honestos.
Te miran sin exigencia.
Te escuchan sin prisa.
Te permiten ser.
Con estas personas, el cuerpo descansa.
No hace falta pelear por un hueco: ya está ahí.
Son vínculos que hacen raíz
Vínculos que duelen sin querer hacerlo
Y luego están esos vínculos que se nos clavan sin avisar.
porque despiertan lugares de tu mundo interno que todavía están abiertos.
Esos vínculos que te dejan con preguntas,
que no te dejan dormir,
que te piden calma y a la vez te remueven.
Es el cuerpo que está avisando:
“aquí hay tensión”,
“aquí hay miedo”,
“aquí hay algo que se parece demasiado a una herida antigua, que todavía está abierta”.
Y aun así cuesta soltar.
Porque lo que duele también conecta.
Porque el dolor también tiene un hilo.
¿Por qué no podemos soltar?
Hay lazos que se quedan más tiempo del que nos gustaría.
No porque sean buenos para nosotros sino porque tocaron una parte muy nuestra.
Soltar duele porque implica reconocer que aquello que un día nos hizo sentir vivos ya no nos acompaña igual.
Soltar no es renunciar, es dejar de sostener lo que ya no está respondiendo
y abrir espacio para algo que sí pueda sostenernos.
Vincularse es un acto de valentía
Vincularse es decir sin palabras: “puedes llegar hasta aquí”.
Es mostrar una parte que no enseñamos a cualquiera.
Implica riesgo, pero también es la forma más humana de existir.
A través de los vínculos aprendemos quiénes somos,
qué nos duele,
qué nos calma,
qué nos falta,
qué ya no estamos dispuestos a permitir.
Un vínculo es un hilo, de historias, cuerpos, de memorias…
Un hilo que si lo escuchamos nos muestra el lugar en el que nosotros mismos estamos y también nos da pistas sobre hacia dónde queremos caminar.
¿Te resuena?
Si algún vínculo te está haciendo ruido por dentro, si hay un hilo que no sabes cómo soltar o sostener, puede que sea el momento de mirarlo con calma.
La terapia puede ser ese espacio donde entender lo que se mueve, donde te vuelves a escuchar y recuperas tu centro.
Cuando quieras, podemos hacerlo juntos.
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